El Viajar es un Placer...
Como todas las mañanas salgo apurada de casa para no perder el colectivo que pasa a las 7.20 a.m. para ir a trabajar. Llevo mis pasos sobre la vereda a la máxima velocidad porque le tiempo me corre. El viento me va despeinando y confío al 100% en mis reflejos porque todavía estoy dormida.
Son las 7.19 a.m. y todavía falta una cuadra para llegar a la parada!!!. Miro el reloj con ganas de pararlo pero la fuerza de mi mirada hace que se acelere. Doblo a la esquina y veo que el colectivo está parado y el último pasajero a punto de subir. Extiendo mi brazo derecho lo más que puedo para que el chofer se entere de que tengo que subir como sea. Por suerte esta vez se trata de un chofer copado que me espera, no como otros que te dejan barada porque ya pusieron primera.
Subo al transporte y para suerte mía parece la jaula de un matadero de pollos. A la tercer parada recién logro pagar mi boleto. Hace calor y cuido que mi cartera no sea tocada por nadie.
Empieza mi viaje. La persona que tengo a la derecha no deja de clavarme el codo en la espalda a la altura del riñón y el que tengo a a izquierda ya me pisó tres veces, uufff!!!.
En eso sube una persona mayor, Sonamos!!!. Hay que hacerle lugar para que se siente. Pasar para atrás imposible. Mientras la señora paga su boleto nos mira a todos los pasajeros de manera amenazante para ver quien le cede el asiento. En ese momento se pone de pie la persona que tengo sentada de donde me estoy agarrando y no me puedo sentar porque hay que dejarle el lugar a la dulce abuelita. Haciendo malabares la dejo pasar.
El colectivo sigue muy lleno. Pareciera que todos se pusieron de acuerdo para no bajar. De golpe mi ángel de la guarda escucha mis plegarias y se libera un asiento. El jóven que está a mi lado me sonríe y me lo cede (le convenía). Ya estoy más despierta y me pongo cómoda.
Pasan unos minutos y ya es hora de bajar. Molesto a todos para poder llegar al pasillo que tengo a 10 cm (hasta pararse provoca quilombo). Pido permiso para llegar a la bendita puerta del fondo. El colectivo acelera y piso a un par de personas, les pido disculpas. Llego a la puerta y dejo la fuerza de mi bronca en el timbre.
Por fin frena y me toca bajar. Toco la vereda y lleno mis pulmones del aire que tanto extrañé. A todo esto el reloj no decidió atrasarse. Son las 7.35 a.m. y llego a mi trabajo.
Como extraño mi bici. Tanto sacrificio para unas pocas cuadras.
Son las 7.19 a.m. y todavía falta una cuadra para llegar a la parada!!!. Miro el reloj con ganas de pararlo pero la fuerza de mi mirada hace que se acelere. Doblo a la esquina y veo que el colectivo está parado y el último pasajero a punto de subir. Extiendo mi brazo derecho lo más que puedo para que el chofer se entere de que tengo que subir como sea. Por suerte esta vez se trata de un chofer copado que me espera, no como otros que te dejan barada porque ya pusieron primera.
Subo al transporte y para suerte mía parece la jaula de un matadero de pollos. A la tercer parada recién logro pagar mi boleto. Hace calor y cuido que mi cartera no sea tocada por nadie.
Empieza mi viaje. La persona que tengo a la derecha no deja de clavarme el codo en la espalda a la altura del riñón y el que tengo a a izquierda ya me pisó tres veces, uufff!!!.
En eso sube una persona mayor, Sonamos!!!. Hay que hacerle lugar para que se siente. Pasar para atrás imposible. Mientras la señora paga su boleto nos mira a todos los pasajeros de manera amenazante para ver quien le cede el asiento. En ese momento se pone de pie la persona que tengo sentada de donde me estoy agarrando y no me puedo sentar porque hay que dejarle el lugar a la dulce abuelita. Haciendo malabares la dejo pasar.
El colectivo sigue muy lleno. Pareciera que todos se pusieron de acuerdo para no bajar. De golpe mi ángel de la guarda escucha mis plegarias y se libera un asiento. El jóven que está a mi lado me sonríe y me lo cede (le convenía). Ya estoy más despierta y me pongo cómoda.
Pasan unos minutos y ya es hora de bajar. Molesto a todos para poder llegar al pasillo que tengo a 10 cm (hasta pararse provoca quilombo). Pido permiso para llegar a la bendita puerta del fondo. El colectivo acelera y piso a un par de personas, les pido disculpas. Llego a la puerta y dejo la fuerza de mi bronca en el timbre.
Por fin frena y me toca bajar. Toco la vereda y lleno mis pulmones del aire que tanto extrañé. A todo esto el reloj no decidió atrasarse. Son las 7.35 a.m. y llego a mi trabajo.
Como extraño mi bici. Tanto sacrificio para unas pocas cuadras.
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